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Propósitos de la sala

Esta sala es un espacio creado para difundir y articular el debate académico de los profesores de la Universidad Nacional de Colombia,  propiciar su expresión, análisis y diálogo sobre  asuntos propios de los compromisos misionales y el devenir de la Institución.

Publicado por: Carlos Eduardo Satizabal Atehortua

La emoción de un día muy especial y el gran relato nacional de la paz. Por Carlos Satizábal

La emoción de un día muy especial y el gran relato nacional de la paz.

Por Carlos Satizábal

 

El 27 de junio pasado empezamos a vivir el tiempo más especial y esquivo del último siglo de nuestra vida colectiva. El tiempo en que la historia de la larga guerra que padece Colombia termina, y la paz -que desconocemos- empieza a ser inventada, a ser una realidad a construir: La guerrilla más grande y poderosa del hemisferio dejó las armas para convertirse en partido político desarmado en el país que ha padecido más de medio siglo de cruenta guerra interna y que sufre la violencia y el horror de la insaciable economía de la matanza y el despojo. Guerra y violencia que por su degradación y sus cifras de espanto hacen de Colombia el país del desastre humanitario más vasto del hemisferio: más de ocho millones de desplazados internos y quizá ocho millones de desplazados externos -las cifras mas altas del planeta-; más de setenta mil desaparecidos; más de cinco mil fosas comunes; cerca de diez mil presos políticos; siete millones o más de hectáreas de tierra despojadas al campesinado errante.

 

 

Pero hay quienes temen a la paz: los ciega el deseo de venganza y el odio, y desearían que fracasen los Acuerdos y vuelva la guerra y crezcan la desolación y la desgracia. Algunos porque se lucran de la guerra: un gran negocio en el que sólo el Estado dilapida desde hace 20 años un promedio de diez mil millones de dólares anuales: doscientos mil millones de dólares en veinte años !!! Y a eso hay que sumarle el negocio del miedo que hace tan rentable la seguridad privada: 500.000 vigilantes en las puertas de oficinas, centros comerciales, universidades, etc. Y los cien mil o más que cuidan a las familias de los multimillonarios. Y los negocios de los narcoparamilitares. Y los negocios del oro y la minería ilegal. Y los del narcotráfico. Y los del robo de tierras. Etc... Otros no gozan la emoción del día en que la guerrilla deja las armas para hacer política sin guerra, porque desde sus confortables oficinas urbanas convierten en discursos políticos su deseo de venganza, su odio, su amargo deseo de muerte. Otros porque están engañados por los discursos de estos oficinistas de la guerra. Discursos que de modo triste y torpe -y muchas veces perverso- son amplificados por los medios y puestos al igual que los hechos de la paz: y así, junto a las mentiras y las medias verdades de las narcoparatelenovelas, siguen cultivando y resembrando la semilla de la confusión y sus consecuencias: el desprecio por la vida, el odio, y la pérdida de la emoción por la paz.

 

 

Y para evitar que cunda la emoción de la paz y sobre el deseo de muerte volver al poder, los políticos guerreristas que más víctimas han producido con su discurso y su negocio, se han asociado. Como consta en las cifras estatales del Registro Único de Víctimas, casi seis millones de las víctimas del vasto desastre humano de la guerra interna colombiana fueron resultado de los gobiernos de los ex-presidentes Pastrana y Uribe. Ellos, en respuesta al fin de la guerra y a la transformación de la guerrilla en partido político sin armas, se han aliado contra la paz. Es como si estos dos abuelos hubieran enfermado con la muerte que prodigaron sus gobiernos, como si el horror que promovieron los hubiera enloquecido, y el deseo del mal y de la sangre y los inmensos réditos que dejó el negocio de la guerra en los años de su cruzada sangrienta los hubiera arrojado al abismo de la deshumanización: al goce del mal. Como si ya en sus edades provectas estos abuelos sufrieran para siempre de maldad, de la pura e insaciable maldad.

 

 

Se erigen en líderes nacionales de muchos ciudadanos, también, como ellos, atrapados en la pasión del odio y en la fiesta de la sangre y la guerra. Gentes que no pueden por ello gozar la alegría de estos días de verdad importantes, inaugurales de una nuevo giro en la historia de nuestro país: el fin de la última guerra -que lleva ya más de medio siglo-: el día en que la guerrilla más poderosa del hemisferio deja las armas. Y lo que muestran las fotos y las cifras del arsenal que la guerrilla deja de usar para la guerra y será ahora fundido para hacer tres monumentos a la paz, es que las fuerzas del Estado no estaban ni cerca de derrotarla. Y que después de más de medio siglo de una guerra en la que no hay vencedor ni vencido, terminar la confrontación armada con un Acuerdo de Paz es lo más deseable, lo humanamente sensato. Y habrá que esperar para que algunos de estos enfermos del odio que quizá puedan curarse, se curen: necesitarán tiempo, como los que han vivido un mal amor.

 

 

Pero sí puede cambiar muy pronto el sentimiento y la mirada de los engañados por las mentiras con que lideran su cruzada por la sangre y la muerte los que sufren de maldad. Los cambiará la realidad de la paz y el relato público, compartido, de la memoria oculta e inédita de lo vivido en el horror de los años de la guerra, los relatos de la épica de la resistencia de las víctimas y de los pueblos abandonados por el Estado y olvidados por la ciudadanía urbana. Los cambiará los relatos de la épica de la vida en los montes y las selvas y las razones que hicieron que se armaran los rebeldes que dejan las armas.

 

 

Uno de los engaños es la idea -en apariencia justa y verdadera- de que los rebeldes que firman la paz deben ir a la cárcel de barrotes: ellos encarnan el mal: tras más de 50 años de guerra y degradación y de propaganda de guerra y guerra psicológica contrainsurgente, ellos se convirtieron en los verdaderos malos de la nación, en los criminales más avezados: la encarnación del mal-. Que vayan a la cárcel será justicia. Y la cárcel los hará “pagar sus crímenes” y arrepentirse. La idea religiosa del castigo y la penitencia: el infierno para salvar a los que han hecho el mal. Falsa idea. Porque, en verdad, como dice una bella canción de Violeta Parra: "al malo solo el cariño lo vuelve puro y sincero". En ello coincide el Acuerdo de Paz con la poeta cantora: el Acuerdo de Paz propone algo más hondo y necesario para la construcción de la paz que la simple y religiosa justicia punitiva del castigo infernal. Los rebeldes -y todo aquel que haya participado de un modo u otro en la guerra- irán a la Justicia Especial para la Paz a decir la verdad, a ser sinceros y contar lo que hicieron: cómo, por qué, con quién: a revelar sus acciones de guerra. La verdad no sólo nos hará libres, como dice el Evangelio. También será una garantía de que no vuelva la guerra.

 

 

Pero, además, no será justicia alguna enviar a los rebeldes en paz a cárceles como las nuestras. No solo porque no fueron derrotados, y ningún rebelde al que no han derrotado acuerda la paz y deja sus armas para ir a la cárcel. Menos aún a cárceles que más de tres mil de ellos conocen. Y saben que esas cárceles no son más que verdaderas escuelas del crimen. Son otra expresión de la corrupción del Estado. Dentro de ellas gobiernan las mafias, y, se sabe, los criminales siguen delinquiendo.

 

 

Para construir la paz hay que acrecer y compartir la emoción del fin de la guerra, hay que estimular entre los desanimados e indiferentes el desarme de los corazones sembrados de miedo y de odio, hay que hacer posible el destejer los deseos de venganza; miedos, odios y deseos alimentados por los años de guerra, por las noticias de la degradación de la guerra, por la propaganda contrainsurgente de la guerra, por las narcoparatelenovelas de cada noche, por la política de los que sufren de maldad y defienden con discursos de odio sus negocios de la muerte, el despojo y la corrupción.

 

 

También es comprensible que las heridas físicas y las heridas en el alma y en el imaginario que dejan tantos años de confrontación armada, hagan para tantas personas muy difícil pensar con serenidad y tener confianza y afecto por la paz: no será fácil pasar de sentir a la guerrilla como el enemigo público más odiado, a reconocerlo como un grupo político que dejó las armas para seguir su lucha política con la imaginación y el lenguaje. Empezar a sentir que las Farc no son un enemigo al que hay que eliminar, sino un grupo con propuestas políticas. Acaso para algunas personas un adversario, un adversario político. Pero ya no un enemigo militar al que se planea eliminar, desaparecer, matar...

 

 

Y será más difícil cambiar el sentimiento frente a las guerrillas si la pugnacidad de los enemigos de la paz tiene un eco tan feroz en tantos medios de comunicación. Y si esa ferocidad de los que sufren del mal y se enriquecen con la muerte, esa ferocidad que llama al odio y a la venganza, es vuelta ficción cada noche por la narcoparatelenovela del momento... Como sucede ahora.

 

 

Ese es un gran obstáculo para hacer de la emoción profunda por la paz una emoción colectiva, masiva, la promesa de un nuevo nacimiento, de una nueva sociedad...

 

 

Y el camino a desarmar ese obstáculo es el tiempo que hemos de acelerar con la verdad poética de los relatos de la paz, con acercar nuestra mirada al relato de las víctimas. Como al mundo desconocido de las guerrillas, a sus propuestas y a la épica de sus días de monte y selva, a las causas y razones históricas de su rebelión. Creemos conocer el mundo de las guerrillas porque se nos relata por los medios y las narcoparatelenovelas la versión de la propaganda de guerra que ha sembrado en nuestros corazones el odio y el deseo de venganza.

 

Por ello es urgente estimular la creación de nuevos relatos y difundirlos, hacerlos parte de la memoria común: compartir en muchas voces y en todos los lenguajes del arte y la poesía el gran relato nacional inédito de lo que hemos vivido en tantos años de muerte y de guerra. Esos relatos empiezan a crecer y a ser visibles con la paz: son el gran relato nacional: la paz es nuestro gran relato...

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